A esta hora no había tráfico en las venas, y aprovechándolo, cruzo con parsimonia ambos ventrículos, tomó el viejo atajo hasta la aurícula derecha, y salió.
Conforme avanzaba, los latidos sonaban cada vez más lejanos y el paisaje se tornaba de tonos y matices diferentes a los que su vista acostumbraba. –La sangre... la sangre no es tan roja por aquí- se dijo a si mismo.
El rumbo por el que ahora merodeaba era desconocido y titubeó por un instante en continuar adentrándose a ese sistema que a la vista parecía interminable.
Pero ya era muy tarde, las arterias estaban congestionadas haciendo su trabajo y el rastro de glóbulos que fue dejando a su paso se había borrado.
Después de todo había sido su decisión marcharse del que fuese su hogar tanto tiempo. Y digo fuese porque ya no lo sentía así. Ahora era sólo un frío músculo del tamaño de un puño bombeando sangre a todo el cuerpo de ella. Porque acostumbrado a escuchar su nombre en cada latido, ahora sólo escuchaba un hueco “bum, bum”.
Desorientado y triste, buscó rincón en algún órgano desconocido para él, se sentó y sólo esperó. Lentamente, fue quedándose dormido, hasta que finalmente se sumió en una inconciencia de la que ya no saldría: la de su inexistencia.
Afuera, ella tomaba sus píldoras para olvidar. Se las había recetado uno de esos doctores que uno va a ver cuando se padecen males de amores. – No fueron baratas, así que más vale que funcionen- decía, al tiempo que cerraba el frasco, suspirando.
No hay duda, el amor es una enfermedad.
TANIA GUEVARA GUZMÁN
Colaboración Revista Especiales, edición Febrero 2008





(diferente es bueno)


