Ahora sólo mezo en ella mis penas, mis ganas no saciadas, los mil planes inconclusos que tuve que abortar, ese barco del que salté al ver que irremediablemente se hundía, pero sobre todo, me mezo en este salvavidas que es mi soledad.
Estaba absorta en la vista, ese paisaje nocturno que desaparecía y aparecía ante mis ojos al compás del vaivén que me mecía. Hacia delante y el bulevar repleto de rostros, gente de todos tamaños, riendo, pensativos, familias de la mano. Hacia atrás y el camino del muelle se alzaba, el faro iluminando el curso de los barcos, el horizonte de un negro profundo con un manto luminoso de luciérnagas perpetuas.
Pero aún no la veía a Ella. Las nubes, cual celestial telón cubriendo el espectáculo, habían decidido que aún no era hora, que si quería ver a la estrella principal del show, debía esperar.
Y esperé. Esperé tanto que no sentí el peso del sueño en mis ojos, que cayeron cerrándose pesados. Y entonces, una caricia en mi mejilla. Un tenue roce de energía en mi piel me sobresaltó. Abrí los ojos y me puse de pie. Dejé mi refugio de madera aún en movimiento y abrí la ventana.
Ahí estaba: enorme, redonda, limpia. Su sola vista me reconfortaba y ella parecía saberlo al mostrarse majestuosa ante mí, que tanto le necesitaba.
Me paré en el borde de la ventana, le sonreí a la Luna y caminé. Al fin había salido y yo estaba en primera fila contemplando su brillo, mientras ella velaba en silencio las horas que volé.

TANIA GUEVARA GUZMÁN








(diferente es bueno)
